Ningún otro sello produjo una identidad gráfica tan reconocible. Lo que ocurrió en Blue Note entre 1956 y 1967 se sigue viendo hoy en portadas que nada tienen que ver con el jazz.
Dos hombres, un método
El diseñador Reid Miles dibujó las portadas del sello durante una decena de años y firmó varios cientos de ellas. Trabajaba a partir de fotografías de Francis Wolff, cofundador de Blue Note, que asistía a las sesiones de grabación y fotografiaba a los músicos en plena faena.
De esa restricción salió el método: una fotografía en blanco y negro, a menudo recortada muy justa, dos colores como mucho, una tipografía enorme colocada en oblicuo y amplias zonas vacías. El vacío ahí forma parte de la composición, no es espacio perdido.
Tres discos donde se ve el método
John Coltrane · Blue Train (1957) se reduce a un retrato pensativo teñido de azul y a un título que se come un tercio de la superficie.
Herbie Hancock · Maiden Voyage (1965) abandona el retrato por una imagen del mar, prueba de que la gramática funcionaba también sin músico en el encuadre.
Miles Davis · Kind Of Blue (1959) no es un disco de Blue Note sino de Columbia, y su portada muestra la misma economía de medios: un perfil, una luz, nada más.
Lo que le debe el resto de la música
La tipografía sobredimensionada en oblicuo, el retrato recortado más allá del encuadre habitual, la paleta reducida a dos tonos: esas tres decisiones salieron del jazz para atravesar el rock, la música electrónica y el rap. Siguen apareciendo en discos publicados sesenta años después.
Por qué estas portadas aguantan en una pared
Porque fueron concebidas como carteles. Contraste fuerte, composición sencilla, texto legible a distancia: son exactamente las cualidades que permiten a una imagen soportar la ampliación. La mayoría de las portadas de jazz de esa época funcionan en gran formato sin perder nada.